Cierto, pongo la advertencia que no puse anteriormente, este cuento no es apto para personas sensibles.
-------------------

Doce menos cuarto y las calles están desiertas, el aire se impregna con el “huele de noche” que está en una casa a unos cuantos metros de distancia, la plaga parece querer acercarse a la planta que indefensa, sólo se limita a liberar su perfume para quien merodea.
Una colilla, antes en sus labios, vuela hasta caer cerca de un charco, va empapándose hasta llegar a donde aún brilla el fuego que termina por consumirse y los pasos se reflejan oscuros hasta que lo deja atrás. Busca y busca, no puede hacerlo de día o ya le habrían atrapado, es por eso que la noche se convierte en amante fiel y amenazante, no quiere hacer nada que la haga enfadar, sabe que cuando lo haga, la policía cumplirá su objetivo.
Escucha un taconeo incesante y se detiene ocultándose tras la pared de un edificio al parecer una zapatería y eso parece un chiste en ese momento. Se asoma pero el gorro oscuro que cubre su cabello lo ocultaba de las miradas, sus ojos se dirigen de inmediato al par de traicioneros que la dueña usa para caminar, pero le hace bufar molesto que no sean lo que busca; tal parecía que no habría suerte, ¿Dónde habían quedado los zapatos blancos? ¿Dónde se fueron las enfermeras o doctoras nocturnas? Quizás aún no terminaba el turno de ellas, el “Hospital de los venados” quedaba a dos cuadras, había salido de su casa, de ahí al metro zapata y caminó sobre el eje 7 unas cinco cuadras cuando el reloj iba dando las ocho y media de la noche, llevaba esperando un buen rato, sería su tercer asesinato y aún la policía no parecía captar que se trataba de un mismo homicida.
Nuevos pasos se acercaban a él, lo presentía, debía ser una, no estaba interesado en los hombres, le venían valiendo realmente poco, era el modo en como los zapatos sonaban diferentes cuando eran portados por una dama la que le excitaba, ¡Que ganas de tocarlos y acariciarlas a ellas hasta que el sueño les llegara y no pudieran despertar! Tragó saliva, asomándose, efectivamente era una enfermera, su vestimenta la delataba, sus pasos cándidos también. Una sonrisa se asomó, aguardó como lince oculto en la hierba, no había nadie alrededor, el mundo la había abandonado, pero él no lo haría.
Un paño empapado de cloroformo aterrizó en su boca y unos brazos fuertes la apresaron entre ellos, se revuelve, lucha, sus hijos se quedaran solos si no lo hace, pero por más que intenta patearlo, pareciera que los brazos toman más fuerza y parecen pinzas de hierro que buscan exprimirla, no sabe cuánta razón tiene.
Su cuerpo se estremece y se afloja, hubiera caído si no le hubiese seguido sosteniendo, la carga, se la lleva a un terreno abandonado; alcoholizados y drogados duermen ahí, pero nadie se mete, saben que si dicen algo, serán ellos los próximos y si no lo saben, están tan idos que siquiera recordaran los sucesos de la noche que podrían observar.
La deposita en la hierba, le acaricia las mejillas pálidas, las besa y la ahorca hasta que los signos vitales se esfuman. Se acomoda entre sus piernas, las flexiona y mientras prueba lo dulce de su cuerpo con el miembro cubierto de látex, sus manos acarician los zapatos cómodos y blancos, rasguña con fuerza sus pantorrillas mientras se azota contra ella y termina agitado, se acomoda la ropa y se la acomoda a ella, besa sus labios repetidas veces, se hace hacia atrás y acaricia los zapatos que afortunadamente no se han manchado de barro, entre sus ropas saca un puñal y procede a amputar ambos pies no sin antes cubrir los zapatos envolviéndolos con bolsas de plástico también blancas, el hueso es difícil de cortar pese a que es filosa la daga, pero finalmente lo logra.
Los mete en una mochila y la ve una última vez, no se resiste y se agacha para besarla una vez más y sale del terreno baldío, camina sin temer aunque una patrulla pasa a su lado, no le preocupa, la policía en la ciudad de México es defectuosa, tendrá que cometer un error muy grande para que le atrapen y no es ningún tonto.
Se limpia las manos mientras avanza, se las ve contra un farol y sonríe, la mano derecha está limpia porque sólo tocó el mango del puñal. Entra a una vecindad de mala muerte, ahí tiene un amigo y le deja quedarse ahí cuando él no está y precisamente ese día era uno. Llega y se lava las manos, saca de debajo de la barra americana una botella de vino tinto, la abre sin cuidado y da dos tragos, mira la mochila sobre la barra, sonríe una vez más, murmura palabras ininteligibles y saca de un mueble una cacerola, la llena de jugo de naranja previamente comprado y lo pone a hervir, saca los pies cercenados con todo y zapatos y limpia la suela de estos y la sangre. Las lleva con cuidado y las adentra en la cacerola, va a por el vino y le deja caer el liquido adentro, no demasiado, sólo lo suficiente para que sepa a algo.
Espera a que hierva, no sabe cocinar, pero viendo un programa en televisión algo así hacía el chef, de cualquier modo, seguro sabría bien. Se acerca y pone algo de sal, no quiere arruinarla, pero se arriesga, si sale mal de todos modos se la comerá.
Está listo y la suela se despega del zapato blanco, sirve uno de los pies en un plato y lo deja en la mesa, enciende velas y se frota las manos después de sentarse, era hora de cenar.




Tus cortos policiales son geniales, este y el anterior me encantaron la verdad. Me recuerda mucho al estilo de Horacio Quiroga (una buena razón para sentirme orgullosa de ser uruguaya): relatos breves pero escalofriantes, de narrativa cruda y directa pero esquivando elegantemente caer en el exceso de los detalles demasiado viscerales (más bien invitando al lector a jugar con la imaginación).
ResponderSuprimir¡Te felicito!